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Mujeres jóvenes

Autoras: MSc. Ana Isabel Peñate
Lic. Idianelys Santillano Cárdenas
Centro de Estudios Sobre la Juventud

Ahondar en el tema de la mujer joven es comprometerse con un grupo poblacional que usualmente es visualizado desde la juventud o a partir de los análisis sobre el género, pero estableciendo una dicotomía entre ambas aristas que excluye elementos importantes del nexo que se establece.

Cuando se habla de mujer joven “es para referirse a una combinación de género/generación que tipifica un momento de la vida de la mujer. De hecho, es una etapa transitoria durante la cual ocurren numerosas transformaciones (...), psicológicas y sociales, estructurándose una serie de aspiraciones, expectativas, proyectos y necesidades derivadas de esta etapa del ciclo vital”.(1) Estas características hacen que la mujer joven merezca una mirada particular, sobre todo por estar en la etapa de su vida donde comienzan a definirse y consolidarse los proyectos.

Dentro de los aspectos importantes a considerar están la inserción social, la salud sexual y reproductiva y la participación sociopolítica, como aristas esenciales del proceso de socialización en este periodo.

Por una parte, la inserción social debe analizarse considerando el grado de desarrollo del entorno en que se desenvuelven. En los países más pobres, aunque la mujer joven logre cierta permanencia dentro del sistema de enseñanza, luego ingresa en el sector laboral desde esferas de baja calificación. El hecho de poseer un determinado nivel de instrucción, en estos casos, no mejora necesariamente sus condiciones de vida.

Otra característica asociada a la inserción social, y que se desprende del proceso de modernización al interior de las sociedades contemporáneas, es el incremento de su presencia en el sector urbano, pues aunque en ocasiones se torne invisible en las estadísticas, su propensión a la emigración es similar a la de sus coetáneos varones. Este fenómeno se halla íntimamente relacionado con la feminización de la pobreza, pues con mayor frecuencia son las mujeres jóvenes las subempleadas. Podría establecerse una relación directa con la experiencia laboral, pues para ellas no sólo es un reto el género, sino también la limitada experticidad que pueden tener en un área siendo jóvenes aún; por tanto, a la hora de competir en el mercado laboral pueden agregar una desventaja más.

Por otra parte, en el plano de la educación sexual y la salud sexual y reproductiva en general, los medios de comunicación estimulan un comportamiento de gran libertad y apertura, mientras la joven recibe de su familia, en la mayoría de los casos, una socialización que no concibe como muy positivo aquello que los medios legitiman. Esta situación genera una ambivalencia de normas internalizadas y de condiciones de vida real, que no favorecen el desarrollo pleno, y por tanto, limitan las posibilidades de satisfacción en esta esfera.

La joven se enfrenta así a la sexualidad como “derecho” cuya realización plena se ve obstaculizada por problemas de condiciones materiales y difícil acceso a los métodos de anticoncepción, hecho que frecuentemente culmina en un embarazo aun en edades tempranas.

Muy relacionado con lo anterior, pero más en el área educacional, todavía hoy las jóvenes enfrentan las barreras asociadas al tipo de formación al que realmente se les permite acceder. Se reproducen los modelos dominantes relativos a los roles sexuales y aunque los enfoques feministas de los sesenta marcaron un hito en la visión social de la mujer -trayendo como consecuencia la apertura de las féminas a la vida social- hasta hoy se mantienen preceptos que desde la niñez, y con énfasis en la adolescencia y la juventud, describen aquello que deben hacer las muchachas, desde roles asignados y asumidos socialmente.

Otra arista susceptible a una mirada especial si de mujeres jóvenes se habla es la relacionada con la participación sociopolítica. Para ello habría que tener en cuenta que ha sido este uno de los espacios ganados en el terreno social. Las limitaciones respecto a la edad de las representantes femeninas en las estructuras de gobierno podrían ser salvadas, si se promoviesen acciones prioritarias hacia el sector joven que representan, pero lamentablemente eso no ocurre con frecuencia.

La cuestión no es tener una sociedad gobernada por mujeres, sino darse cuenta que estaría mejor gobernada por los hombres y las mujeres a la vez, sin discriminación y sin dudar de las posibilidades que tienen ellas como grupo social.

Paralelamente, habría que sensibilizarlas, y en particular a las jóvenes, con las potencialidades reales que poseen, aunque las pautas de crianza presentes en su formación, ciertamente no la forman para ello. Dentro de este aspecto, se desmitificaría el hecho de que la maternidad sea el único componente de su realización, tal y como se concibe desde ciertas concepciones educativas.

La mujer joven cubana, si bien como grupo tiene problemáticas y preocupaciones similares a las de sus coetáneas en otras latitudes, puede exhibir un contexto de desarrollo favorecedor producto del triunfo revolucionario. Desde el 16 de enero de 1974 recibe los beneficios de la Ley de Maternidad que establece para las gestantes el descanso obligatorio y retribuido a partir de las treinta y cuatro semanas de embarazo, atención médica y estomatológica periódica y gratuita, licencia post natal hasta el primer año de vida del bebé y el cambio de puesto de trabajo si este afecta el embarazo.

Otro de los beneficios concebidos por el Estado cubano lo constituye el sistema de Seguridad y Asistencia Social que brinda la ayuda a las madres solas con dificultades económicas para la atención y cuidado de sus hijos, o madres trabajadoras que se encuentran de licencia no retribuida por hijos enfermos u otras causas.

La educación sexual en Cuba forma parte de los cursos de la enseñanza primaria, por tanto el conocimiento acerca de elementos importantes asociados a la sexualidad está implícito en la propia formación; sin embargo, es esta un área en la cual podría continuarse trabajando a partir de la responsabilidad individual que implica y de los valores que la subyacen. Dentro de este contexto familiar están presentes muchos de los aspectos comentados con anterioridad, los cuales ubican la mayor parte de las responsabilidades en ellas.

Desde el punto de vista sociopolítico, favorece a las cubanas el hecho de pertenecer a una sociedad que posee varias organizaciones y una inclusión bastante generalizada en ellas, incluso en la niñez. La Organización de Pioneros José Martí es ejemplo de dirección femenina, pues en este nivel son mayoría las chicas con cargos de dirección, sin embargo, a medida que avanza la edad, primero se equipara la presencia de muchachas y muchachos (en la Federación Estudiantil de la Enseñanza Media), para luego ser estos últimos los que llevan la dirección (Federación de Estudiantes Universitarios). Los análisis sugieren que en esta tendencia tiene una implicación importante los roles familiares asignados para las muchachas que comienzan a limitar su participación social.

La historia de la humanidad ha evidenciado cuánto se puede avanzar por mejorar la calidad de vida de las mujeres en función de los derechos que como seres humanos poseen; pero también el tiempo es testigo de los esfuerzos necesarios para que haya una clara comprensión de este asunto. La mujer joven, juega entonces un papel esencial en nuestras sociedades como motor impulsor para el cambio, a la vez que se implica en las transformaciones de su socialización.

(1) Peñate, Ana Isabel, “La mujer joven en Cuba, reflexiones a las puertas del tercer milenio”. En: Colectivo de Autores. Cuba: Jóvenes en los 90. Editora Abril. La Habana, 1999. p.230.

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