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Igualdad de género. La lucha de las mujeres en el mundo

Autoras: MSc. Ana Isabel Peñate Leiva
Lic. Dalgis López Santos
Centro de Estudios Sobre la Juventud

La concepción de desarrollo a nivel global ha avanzado en los últimos tiempos hacia una comprensión de la necesidad de que todos los seres humanos, con independencia de su clase, raza, edad, sexo e identidad cultural, se desarrollen en condiciones de igualdad, para lo que es necesario el acceso cada vez mayor de las mujeres y los hombres a la educación, la salud, la cultura, la producción, el ocio, en fin, a todos los ámbitos de la existencia humana.

El fenómeno de la globalización y las políticas de reajuste neoliberal no han sido homogéneos para países, clases ni sectores sociales. Y es precisamente desde esta concepción, que se hace necesario poner la mirada en las condiciones de desarrollo de la mujer, toda vez que en la actualidad son vigentes diferentes formas de discriminación femenina a escala mundial, fenómeno que emerge de las más disímiles relaciones sociales, limitando su progreso en sentido general.

Redimensionar la posición de la mujer en el mundo actual debe ser una de las prioridades para este milenio. Ello abarca desde el mantenimiento de las conquistas que han obtenido las féminas, hasta la reestructuración de sus espacios en el ámbito familiar, grupal, laboral y social.

La lucha constante de las organizaciones feministas, contribuyó a cambiar el discurso constitucional de las naciones modernas del siglo XX. Se crearon capítulos, leyes, artículos donde se legitimó para las mujeres el divorcio, la herencia, el sufragio universal, la seguridad de una pensión, el derecho a la educación, la libertad para expresar su sexualidad, la apertura al trabajo propio y remunerado como forma de manutención y la asunción de cargos políticos y laborales.

Estos derechos, que muchas veces se convierten en obligaciones o sencillamente no se cumplen, no transformaron la situación de inferioridad de la mujer. Muy por el contrario, constituyen nuevas asignaciones que aumentan sus responsabilidades, porque no disminuye su sumisión al mundo familiar, como madre, esposa y “dueña” del hogar.

Cuando se nace mujer, se pasa a formar parte de una historia de supeditación que comenzó con la implantación del patriarcado en las comunidades primitivas y no ha dejado de ser en las comunidades contemporáneas, sin obviar -por supuesto- particularidades y matices.

Desde lo cultural, las mujeres conforman un grupo que aún hoy se encuentra subordinado a una sobrevaloración, a veces sin límites, de lo masculino que se erige sin barreras como norma social y pone de relieve un conjunto de inequidades en las relaciones entre los géneros.

Desde esa condición de mujer desvalorizada, que las ubica entre los grupos sociales de mayor vulnerabilidad, las féminas se enfrentan a la aplicación, por parte de los gobiernos, de férreas políticas de ajuste neoliberal. Asistimos a la globalización de la disminución de posibilidades y oportunidades, la desprotección social, el aumento del desempleo formal, la privatización, la minimización del papel del Estado; realidades éstas que si bien afectan a todas las clases y sectores de menos recursos de la sociedad, encuentran en la mujer la principal víctima.

Se agudiza la discriminación, en primer lugar desde su sexo/género, pero a ello se suma un segundo grupo de diferencias: las más pobres, las de áreas rurales, las jefas de hogar, las jóvenes, las negras, las indígenas, las migrantes, las refugiadas, las discapacitadas,… Es decir, que se sufre la discriminación como mujer, pero también a partir del “apellido” que esa mujer tenga en la sociedad en que vive, y en muchos casos estaría mejor decir “sobrevive”.

Si la población mundial se estima sea superior a los 6 000 millones de personas y de ellas la mitad son mujeres, nada más lógico que se analicen a profundidad las realidades y los costos a que está sometida la parte del mundo que tiene -por demás- la responsabilidad de reponer la fuerza de trabajo y tratar de solucionar todas aquellas cosas que interfieren en su total desarrollo y realización. Constituye un reto, ver en qué medida existe una correspondencia entre el cuerpo de leyes y decretos que se dictan para el amparo y beneficio de la mujer y lo que normalmente acontece, tanto a nivel social, como hacia el interior de los hogares.

En las sociedades en desarrollo, sobre todo en Latinoamérica, Asia y África, esta situación es aún más compleja. Cuando en los países desarrollados y en los sectores de gran poder adquisitivo dentro de una sociedad de consumo, las mujeres se benefician de la industria de los servicios para aligerar la carga doméstica; en los países del tercer mundo, en las clases más pobres, la mujer no puede acceder a estas facilidades, cuyo precio no puede pagar, por lo que se ve obligada al trabajo doméstico manual, agotador y “llevar sobre sus hombros” todo lo referente al espacio privado, incluyendo la crianza de sus hijos. Para las que pueden ocupar un puesto laboral, éste se convierte en una carga más.

La manera en que la mujer se inserta al trabajo en el mundo de hoy, es también una fuente de exclusión. Las relaciones de género que se establecen en esta esfera visualizan la división sexual del trabajo, sobre todo en actividades productivas y reproductivas, las desigualdades en la remuneración del mismo y en el grado de exigencias para cada uno de los géneros, la imposibilidad de acceder a cargos, tareas y áreas laborales, por el temor a su incompetencia o abandono debido a sus responsabilidades maternas, que se convierten en obstáculos vivenciados, por ellas mismas, para su preparación y superación, todo lo cual limita sus posibilidades de éxito.

El aumento de mujeres al mercado del trabajo se observa en el sector de la economía informal, que dicho sea de paso, las excluye del disfrute de los beneficios concedidos por los sistemas de seguridad social. Aquellas que logran otro tipo de empleo, difícilmente lo encuentran fuera de las profesiones consideradas como “típicamente femeninas” lo que va acompañado de un reconocimiento social menor.

Los avances tecnológicos se han convertido, para muchas féminas, en un agravante en el camino para el logro de un empleo, debido a que los puestos de trabajo a los que se podía acceder con mínimas calificaciones han disminuido y son precisamente estos, los que estaban básicamente “destinados” a ellas. El analfabetismo se erige como un rasgo distintivo del mundo femenino, e incide en una inserción social totalmente desfavorable, víctima de la discriminación.

Otra de las áreas sensiblemente afectadas es la salud. La disminución de los presupuestos y el alza considerable del precio de los medicamentos, se revierte en un menor número de posibilidades de acceso a estos servicios para los grupos más desposeídos como la mujer. Las estadísticas recogen que la mortalidad de las niñas entre dos y cinco años es más alta que la de sus similares varones y una de las causas más frecuentes lo es la desnutrición, porque los alimentos son prioritarios para hombres y niños en la medida que, sobre ellos, recae el mayor aporte económico para la familia.

En Cuba, donde la voluntad política que ha estado centrando todo el proceso revolucionario, ha permitido el ascenso paulatino y notorio de las mujeres en terrenos como: la ciencia, el deporte, la política, la cultura, la educación, entre otros; donde todas las féminas, sin distinción alguna tienen posibilidad real de acceder a los sistemas de salud y jurídico; no se han logrado los mismos progresos en el ámbito personal psicológico, porque perduran fuertes representaciones femeninas que las hacen anteponer el frente familiar privado, a las posibilidades de acceso al poder y al saber, con un sentimiento de conformidad o impotencia que las autolimita.

La historia ha demostrado hasta ahora, que no es suficiente una revolución social para que cambie completamente la situación de la mujer, es necesaria también, una revolución en el orden cultural que modifique los viejos y arcaicos patrones de relación entre los sexos. No obstante, mientras no se realice una verdadera revolución en el terreno económico, político, jurídico, laboral y social, no será posible la cultural.

Los esfuerzos de varias instituciones y organizaciones mundiales se han encaminado a establecer estrategias para lograr la equidad de género. Las conferencias internacionales de la década de los noventa se encaminaron a incorporar la igualdad de género en el discurso diario.

Sin embargo, la realidad de la situación de la mujer exige cambios radicales, cuyo sentido debe dirigirse a modificar las relaciones de poder y construir puentes comunes entre los géneros, que resguarden, dentro de la diversidad evidente (biológica), una unidad real basada en términos de igualdad y autonomía recíproca. La lucha de las mujeres en el mundo actual requiere de esos imperativos.

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