La democracia revolucionaria: participación, inclusión y papel jugado por los jóvenesAutora:
MSc. Elaine Morales Distintas
generaciones de jóvenes han manifestado su anhelo de democratizar
el mundo que les ha tocado vivir. En cada época, la juventud ha
constituido el sector más revolucionario de la sociedad, que incorpora
elementos nuevos sobre la base de lo mejor que han legado las generaciones
anteriores, e interviene de manera notable en la transformación
de su realidad. En la actualidad, tal aspiración es un reto trascendental
debido al ascenso al poder de las fuerzas reaccionarias, el fascismo,
el totalitarismo y el fundamentalismo. Bajo estas condiciones es que se produce la participación sociopolítica de la juventud, lo que trae consigo una elevada dosis de apatía, desinterés o desconocimiento de lo que verdaderamente acontece a su alrededor, y de las alternativas más eficaces para enfrentar al orden existente. Los jóvenes, engrosan las listas de quienes renuncian a ejercer su voto, desconocen la política de sus respectivos países, sus dirigentes y desconfían de sus mecanismos para transformar la sociedad. Al propio tiempo, cada día surgen nuevas asociaciones juveniles con el fin de darle voz a sus miembros, de hacer valer sus intereses, pero muchas veces ellas fenecen antes de haber alcanzado la madurez, producto de la manipulación, de la falta de liderazgo, de capacitación de sus integrantes para participar activamente y de la carencia de cohesión. En muchas ocasiones, políticos y académicos dedicados al tema, hacen referencia a la cantidad de organizaciones sociopolíticas juveniles, la cifra de sus miembros, sus proyecciones y resultados, pero pocas veces se hace hincapié en el necesario proceso de formación del joven para participar verdaderamente en la definición de su destino. Es necesario dotar al joven de información que lo capacite en las habilidades participativas, no sólo a nivel macro, sino en su comunidad, institución escolar o laboral, de manera tal que esté en condiciones de hacer crecer un proyecto; es vital interesar a la juventud, motivarla y otorgarle espacios propicios para que se incluya en los procesos de cambio. Ello supone el establecimiento de relaciones horizontales donde el joven sea respetado, considerado según sus posibilidades, sus aportes y no se sienta discriminado por su edad, inexperiencia o desinformación. Los adultos tienen aquí un papel fundamental que no es adoptar posturas paternalistas ni adultocentristas, sino es reconocer las potencialidades de los más jóvenes en la edificación de la sociedad y asumir que constituyen una importante fuerza social que los complementa y enriquece. Las visiones de la juventud como una etapa preparatoria o problemática, cargada de insuficiencias e imperfecciones, no contribuyen a la democratización de las sociedades. La centralización de los adultos agrega otra forma de discriminación a aquella que sufren los jóvenes progresistas. Participar en la democratización de las sociedades supone también eliminar la exclusión que prima en la generalidad de los países. Las políticas económicas adoptadas de manera inconsulta muchas veces, o disfrazadas en sus verdaderas intenciones, han traído consigo el incremento del sector juvenil privado de las mínimas condiciones para crecer saludable y formarse cultural y políticamente. Las exigencias mínimas para insertarse con éxito en el mercado del empleo superan las posibilidades reales de la mayoría de los jóvenes del mundo. Las nuevas tecnologías que se extendieron a todas las áreas de trabajo, otorgaban supuestamente un beneficio a las nuevas generaciones; sin embargo, la realidad es bien diferente, cada vez es mayor la cantidad de jóvenes que, carentes de estudios, se ven impedidos de alcanzar un empleo que les permita sustentarse económicamente. Los más de diecisiete años de estudios necesarios para adentrarse sin dificultades en el mercado laboral, están muy distantes del analfabetismo y del nivel elemental que prima hoy entre los jóvenes pobres del mundo. Tales circunstancias los condenan de por vida a la pobreza, a la absoluta marginalidad y les impiden visualizar un futuro mejor para sí y para sus descendientes; les hace desconfiar también de sus posibilidades de cambiar el régimen existente, generando automarginación, impotencia y una despolitización cada vez mayor. La exclusión y la falta de participación tienen una manifestación especial en las personas afectadas con alguna discapacidad física o mental. Su situación es más desfavorable; las posibilidades de recibir una atención particular en función de sus potencialidades es mínima y condicionada siempre a la tenencia de elevados recursos materiales. Ello reduce su plena incorporación a la sociedad y cuando se produce está mediatizada por los prejuicios, la falta de tolerancia y de aceptación de la diversidad. Las barreras arquitectónicas y comunicativas, son expresión también de la imperfección de las democracias existentes. La verdadera democracia se construye con igualdad de oportunidades, bienestar y desarrollo para todas las personas, sin distinción de edad, sexo, credo, origen, color de la piel u otra razón susceptible de esgrimirse como causa de discriminación. Cada sociedad debiera propiciar la inclusión plena de sus miembros mediante la participación en la toma de decisiones en asuntos de su interés, la tenencia de espacios para su expresión, así como el respeto y cumplimiento de sus derechos. Los jóvenes como grupo etáreo y social portador del carácter más revolucionario y de las contradicciones fundamentales de cada época, son el sector llamado a trabajar por la transformación de la situación actual del mundo. Los encuentros sociopolíticos y culturales constituyen un espacio para concertar estrategias, estrechar vínculos y unificar posturas ante los males de estos tiempos, entre los cuales se destaca, sin dudas, la insuficiente democracia, participación e inclusión de todas las personas en las decisiones que lo implican.
©
Derecho Reservado. Centro de Estudios Sobre la Juventud, 2006 Directora: Msc. Ana Isabel Peñate Leiva | Webmaster : Lic. Yokyro C. Frías Ajete | Edición: Magalys Fernández Cordero |